(Tres saltos al vacío) Uno: Bocamina 1 Compañía 0
Ricardo Bajo, 28 de septiembre de 2019
Publicado originalmente en Ramona Cultural
El cine de Miguel Hilari protagonizó la segunda noche (viernes 20) del Radical en la Cinemateca Boliviana. La primera (buena) parte fue para el cortometraje Bocamina (2018), una reinterpretación de las pinturas coloniales del Cerro Rico de Potosí desde interior mina y sus oscuridades hasta la escuela donde los futuros mineros (nos) preguntan sobre los inexorables caminos que llevan a la muerte. La mina es una maldición. Los primerísimos primeros planos de los mineros, mirando de frente a la cámara (a la muerte) son el pasado de un presente, son el ayer de un inevitable mañana, también de codicia. Bocamina es circular, maldito círculo. Bocamina no deja de transmitir un pesimismo y una angustia existencial. No hay futuro. El plano general del cerro es el mismo de hace 500 años. Las marcas de estilo de Hilari encuentran -lejos de su altiplano- su mayor y mejor remate.
La segunda (mala) parte fue para Compañía. La presencia de los comunarios de la Compañía, municipio Aucapata, provincia Muñecas, realza la inauguración oficial del Festival. El protagonista, Urbano Mamani Lizárraga, no ha podido llegar, es pastor evangélico y tiene un compromiso con su iglesia, advierte Hilari en la presentación. El cine puede esperar.
Compañía (parte dos de El corral y el viento, según su montador Gilmar González junior) es una película fallida. El director no puede escapar de la distancia entre su mirada y la comunidad. La división en (cuatro) capítulos (nunca desarrollados) grafica la imposibilidad de contar una historia. Compañía podía haber sido un relato sobre la paternidad, la muerte y el llanto (mi padre, primer capítulo); podía haber sido otro cuento de viajes sobre la migración campo-ciudad y las pérdidas (irse, segundo capítulo); podía haber sido un canto a la esperanza puesta en la casita nueva de dos pisos en El Alto (Valle Hermoso, tercer capítulo); o podía ser una película sobre los sueños, la religión y la fe (Urbano, cuarto y último). No es nada de todo eso.
Compañía peca de ambiciosa, de antropología, de afán testimonial, de mero registro temeroso. No logra nunca romper esa barrera, aquella distancia. No es capaz de expulsar los demonios. No agarra ni atrapa (ni la identidad de sus personajes, ni menos al espectador). No levanta el vuelo por los cerros. Se pierde en la niebla. Se regodea en esas marcas de identidad del cine de Hilari otrora al servicio de una historia. Los planos generales, el famoso plano secuencia integral (de Sanjinés) y por supuesto los “abusivos” primeros planos (deseosos de interrogar a los cuerpos, de fabricar recuerdos) no tienen futuro en la “compañía”.