Los encuadres de la mirada en Compañía
Anahí Maya Garvizu, 8 de octubre de 2019
Publicado originalmente en ImagenDocs
Recuerdo que una tarde de llovizna, entramos al corral junto a mi abuela buscando a la cría de una oveja que había muerto al parir. El resto de las ovejas tenía violeta de genciana en el hocico y habían sobrevivido. Estaba oscureciendo cuando encontramos a su cría entre el heno. Ese recuerdo vino a mí al comenzar a ver Compañía (2019), el nuevo trabajo de Miguel Hilari que inauguró el Festival de Cine Radical en La Paz.
En la escena aún está oscuro pero una mujer acompaña a sus ovejas como quien acompaña a un amigo. La presencia de los animales es notable. Tal vez comencé describiendo esto porque los paisajes en la película, fácilmente podrían relacionarse con cualquier lugar lejano. Es memorable la escena en que el bus se abre paso entre la nieve y las montañas para llegar a la comunidad. Podría ser Rusia, el escenario del autor de Esculpir en el tiempo. Y la niebla podría ser cualquier parte, quizá porque haya algo de la vida rural que sea universal pero único en su esencia. Los caballos que pastan entre la niebla o el arado que los bueyes arrastran con dificultad son capturados entre planos fijos y tomas ralentizadas que crean su propio ritmo y producen una extraña sensorialidad. La cinta se transforma en un lugar donde pareciera que el paso del tiempo es diferente.
Las y los habitantes de la comunidad de Compañía, provincia Muñecas del departamento de La Paz van y vienen. Se desplazan, se despiden a veces por un tiempo, a veces para no volver jamás. De ese desplazamiento van edificándose casas de ladrillo y techo de calamina en el altiplano que son challadas entre la estridencia de los cuetillos.
Se ven las fotografías de un residente, la música de fondo es una cumbia cantada en aymara. En ella un hijo se despide de sus padres y promete que volverá a verlos. No pude evitar recordar los versos del poeta rural Sergei Esenin que angustiado por su nueva vida en la ciudad escribe: “Con qué nitidez recuerdo entonces /la laguna cubierta de hierba y la voz ronca del aliso/ y que en algún lugar viven mi padre y mi madre (…) ¡Pobres, pobres campesinos! Seguramente están viejos y feos”. Irse, pero mirando atrás con la promesa de volver, aunque no sea cierto o volver, aunque en el interior algo haya cambiado: ¿Aún vives, viejecita mía? Me escriben que tú, angustiada /por mí te afliges mucho, y que al camino/ te asomas a menudo/ con tu raído y vetusto abrigo, dice otro poema de Esenin. Urbano Mamani, uno de los protagonistas de la cinta regresa a Compañía con una nueva religión, en la cita se puede ver un vestigio de todo lo que esto implica durante la escena del bautismo.
En el registro, uno de los momentos más sublimes es la danza y música de la Cambraya con la que las comunarias y los comuninarios conmemoran a los muertos, es entonces cuando se cuentan los sueños y a través de ellos algunos temores. La música suena creando una fisura en la pantalla, similar al ruido que se forma en las fotografías plasmando la fragilidad del tiempo.
El filme está dividido en partes, que aunque parezcan inconexas se presentan como imágenes potentes. Después del estreno, Miguel mencionó que en algún momento del proyecto alguien le preguntó si estaba fabricando recuerdos. Quizá la distancia no se atraviese del todo pero es posible que la cinta también sea eso, una sucesión aleatoria de recuerdos a través de los encuadres de la mirada del director que ha venido trabajando una estética renovada desde el Corral y el viento (2014) y se reafirma en su nueva propuesta, Compañía.
Es valorable que el Festival de Cine Radical se haya configurado en un espacio donde trabajos revitalizados se proyecten y posteriormente se dialoguen. Ojalá el siguiente paso sea su expansión a nuevos espacios alternos a los oficiales donde sin duda hay espectadores que los esperan con avidez.