Compañía y lo políticamente incorrecto

Juan Luis Gutiérrez Dalence, 23 de septiembre de 2019

Publicado originalmente en ImagenDocs

Cuando las imágenes políticas de un país se han reducido al enfoque de la publicidad y la propaganda, y la industria incipiente del cine solo ofrece clichés o lugares comunes donde el sermón por la historia y las identidades replican las necesidades de lo políticamente correcto, llega el documental Compañía (Bolivia, 2019), de Miguel Hilari, para mostrarnos qué es ser radical con la mirada, qué es ser irreverente con el stablishment.

Compañía es una obra de arte política, toca de manera sutil los hechos que se instalan en la universalidad de la experiencia vital: la muerte, los sueños, los otros. ¡Los otros! Esos que el indigenismo y el folklore han convertido en un elemento de utilería, un adorno, un objeto, en Compañía son traídos frente al espectador desde lo que los políticos no logran enunciar: la honestidad y la transparencia.

Desde el otro lado de la mirada enlatada, citadina, criolla, new age o hipster, expectante cuando suenan las tonadas de quenas y bombos andinos, orgullosa de su mimesis con los indios en los últimos años, Hilary con un gesto irónico nos refresca al ponernos de frente con los que viven entre las montañas de los nevados. Ver Compañía en una sala de cine es una experiencia sensorial completa, no estamos frente a una caricatura, estamos ante una experiencia nueva, que señala algo e incómoda de inmediato: sí, los otros, son otros, no somos iguales.

Entre imágenes que dominan el ingreso de la luz y los colores, escenas que resultan en un efecto plástico cercano a la pintura o la animación, sonidos que abren nuevas posibilidades de comprensión, nada en el documental sobra al momento de estar frente a frente con lo que Hilari nos trae. El cine está vivo, la experiencia atraviesa el cuerpo y se instaura un nuevo lugar de la mirada. Lejos de la impostura actual que disfraza toda intensión de acercamiento a los aimaras, con conceptualizaciones sociológicas tipo nueva clase media, tipo burguesía chola, tipo nuevos ricos, tipo ponchos rojos, es decir lejos del negocio del desarrollo, Compañía se presenta como es, o mejor dicho como Hilari vio que es, y esto es suficiente para saber que estamos ante algo genuino. Acá se inaugura un nuevo territorio, para ingresar tenemos que irnos de nosotros mismos.

Un animal está muriendo, un hombre recuerda a su padre, un hijo se ha ido a La Paz, alguien sueña o cuenta lo que sueña, los caballos-la locura, ya estamos lejos, hemos entrado a otro tiempo y espacio. Ver Compañía nos ha movido. Por una grieta hemos ingresado a una capa tectónica de la sociedad boliviana actual, por una grieta, por una crisis, o, una mirada crítica más precisamente, hemos descendido al lugar y tiempo donde los aimaras viven hoy, lejos y en su propio mundo. Hilari ha escavado lo suficiente para encontrar lo que no dice la institucionalidad y el poder: ahí están, nada más podemos decir. Si de algo sirve la sociología, la traigo a colación en este momento: una sociedad abigarrada solo se conoce en momentos de crisis.

Es parte del proceso creativo y personal del autor llegar a este nivel de exposición sobre aquello que nuevamente le inquieta: los otros, pero también, así como nos los trae para mirarnos de frente y saber cuánta distancia aún existe, sutilmente nos instala de su lado. De pronto la sala es tomada por una bruma de montaña, por un olor a micro, por una lluvia torrencial, por un camino lleno de barro, por petardos que revientan…ah! Sí, es una challa… ah! sí, es una fiesta… ah! sí…así es, así son…y nuevamente estamos lejos.

El pivote sensorial del documental mantiene la tensión que busca representar, estamos cerca y estamos lejos, de ellos, de nosotros, de los sueños, de la muerte. Tuve la suerte de ver la inauguración del Festival de Cine Radical con esta película, y claro, al llegar estaban los músicos de Compañía, provincia Muñecas, presentes y distantes, en su propio mundo, y los que llegaban a ver la película, en el suyo. La película se hizo carne, esta situación es profundamente conmovedora. ¿Compañía nos quiere decir que esta distancia nunca se resolverá? ¿Nos quiere decir que la vida es así? ¿Que nos toca vivir una situación que no tiene solución?… Compañía nos inquieta… Al mostrarnos a los otros, Compañía nos devuelve la imagen de los que la vemos, desencajados, desubicados… tanto tiempo y no hemos aprendido nada.

Compañía es parte de una generación de jóvenes cineastas que están dispuestos a desnudar nuestra alma mediante el cine, están dispuestos a criticar al poder, están dispuestos a incomodar la moral pública. Al igual que Quiroga –con el Viejo Calavera (Bolivia, 2016)– Hilari y el equipo que lo acompañó (Gilmar Gonzales, Pablo Paniagua) y que hace un tiempo hacen cine juntos, no son cineastas de producción millonaria, no son cineastas del jet set, no son cineastas de publicidad, son creadores que producen de otra manera, son autores que estudian sus pasiones, son la mejor expresión de la Bolivia de hoy, disconformes con lo dado, inquietos por lo sincero, sin imposturas artísticas ni intelectuales, son ellos mismos mostrando algo.

El Festival de Cine Radical, inaugurado con esta película, reafirma una declaración de principios ante las autoridades llenas de ego, que no se dignan a estar realmente presentes ante la mejor película boliviana del año, ante la industria, su indiferencia y afanes productivos, ante los medios y su agenda, ante los políticos y sus farsas. El Festival de Cine Radical será un año más la trinchera política de los que buscan la libertad.